Persona que tiene por oficio copiar o poner en limpio escritos ajenos, o escribir lo que se le dicta. Sinónimos: copista, escribiente. Es más fácil encontrar gente que odie a los literatos (o a un literato en concreto) que a un amanuense. Desde que existe la humanidad, los hombres jamás se cansarán de odiar en los demás lo que ellos mismos querrían ser, sin poder llegar a serlo. ¿Y quién no desea la sabiduría o, por lo menos, el brillo que da la sabiduría que se supone que tiene a su alcance alguien que es escritor? El amanuense, en cambio, no despierta recelos ni envidias. Es una figura modesta, simpática. Carece de ambiciones y, por tanto, no molesta. Se limita a copiar lo que hacen los otros.
La primera vez que supe de la existencia de amanuenses fue hacia 1960, cuando yo tenía doce años. Escribí una primera novela, una novelita policiaca, Mis dos tíos, vagamente inspirada su escena inicial en la de El halcón maltés, donde, si no recuerdo mal, había una llamada telefónica en la noche. En Mis dos tíos, había un tío que era bondadoso y uno que era todo lo contrario. El rufián, tras un desfalco, huía al Congo belga. Mi padre decidió que la novelita la pasaran a máquina en una oficina de copistas de la calle Aribau de Barcelona. Eran cuatro señoras de cierta edad que trabajaban para despachos de la zona. No llegué a conocer a mis copistas, pero mi padre me dijo que una de ellas, cuando reía, se tapaba la boca con la mano y que ése era en sus orígenes un gesto de educación, un gesto antiguo, que se estaba perdiendo.
No hay un cuadro que se titule Copista que ríe tapándose la boca. Lástima. Sería una buena ilustración para esta primera entrada de la Enciclopedia (Dickinson).
La primera vez que supe de la existencia de amanuenses fue hacia 1960, cuando yo tenía doce años. Escribí una primera novela, una novelita policiaca, Mis dos tíos, vagamente inspirada su escena inicial en la de El halcón maltés, donde, si no recuerdo mal, había una llamada telefónica en la noche. En Mis dos tíos, había un tío que era bondadoso y uno que era todo lo contrario. El rufián, tras un desfalco, huía al Congo belga. Mi padre decidió que la novelita la pasaran a máquina en una oficina de copistas de la calle Aribau de Barcelona. Eran cuatro señoras de cierta edad que trabajaban para despachos de la zona. No llegué a conocer a mis copistas, pero mi padre me dijo que una de ellas, cuando reía, se tapaba la boca con la mano y que ése era en sus orígenes un gesto de educación, un gesto antiguo, que se estaba perdiendo.
No hay un cuadro que se titule Copista que ríe tapándose la boca. Lástima. Sería una buena ilustración para esta primera entrada de la Enciclopedia (Dickinson). 








